Criptomonedas de cero a experto tras el mayor robo de su historia

En unos veinte minutos, a partir de las 20:05 UTC del 29 de octubre, un atacante vació billeteras de Binance en diez cadenas de bloques y se llevó cerca de 6.360 millones de dólares, según la reconstrucción de TRM Labs. Ethereum, Bitcoin, Tron, XRP Ledger, Solana, Arbitrum, Avalanche, Optimism, Base y Polygon figuran entre las redes afectadas, y la cifra cuadruplica el récord previo, los 1.500 millones que Bybit perdió en febrero de 2025. El FBI atribuyó la operación a TraderTraitor, un grupo ligado a Corea del Norte, cuyo gobierno descartó la acusación como un rumor sin fundamento.
No fue un episodio aislado. El 24 de septiembre Bitget había detectado transferencias no autorizadas por unos 387,5 millones de dólares, y en la madrugada del 2 de noviembre le tocó a Mercado Bitcoin, la plataforma cripto más grande de Brasil, con más de 46 millones en salidas. Tres golpes en menos de seis semanas reabrieron preguntas que el mercado daba por saldadas después de la caída de FTX: qué respalda realmente un saldo guardado en una plataforma, quién paga cuando falla la seguridad y qué separa a una empresa que absorbe una pérdida de otra que la traslada a sus clientes. Para responderlas conviene arrancar desde el principio y subir de nivel paso a paso.
Una criptomoneda es, en su forma más elemental, un registro. Cada unidad existe como una anotación en un libro contable público, la blockchain o cadena de bloques, que no custodia una sola empresa sino miles de computadoras repartidas por el mundo. Nadie puede borrar una línea de ese libro ni agregar movimientos sin que la red los valide. Lo que convierte a alguien en dueño de un saldo no es un contrato ni una cuenta a su nombre, sino el control de una clave privada, una cadena de caracteres que actúa como la firma que autoriza cada envío. La dirección pública se parece al número de una casilla de correo que cualquiera puede ver; la clave privada es la única llave que la abre.
El primer experimento exitoso fue Bitcoin. Su documento fundacional circuló el 31 de octubre de 2008 bajo el seudónimo Satoshi Nakamoto, y el primer bloque de la red se generó el 3 de enero de 2009. El sistema fija un tope de 21 millones de unidades y recorta a la mitad la emisión nueva cada 210.000 bloques, algo que sucede aproximadamente cada cuatro años; el último de esos recortes, conocidos como halving, tuvo lugar en abril de 2024. La seguridad descansa en la minería, un proceso en el que equipos especializados compiten resolviendo cálculos para ganarse el derecho de sumar el siguiente bloque. Esa escasez programada explica por qué tantos inversores lo tratan como reserva de valor, aunque su cotización está lejos de comportarse con la calma de un metal precioso.
Ethereum, lanzado en 2015, llevó la idea más lejos. Además de transferir valor, su red ejecuta programas llamados contratos inteligentes, que se cumplen solos cuando se verifican ciertas condiciones. Sobre esa base surgieron miles de tokens, aplicaciones de finanzas descentralizadas, mercados de arte digital y protocolos de préstamo que operan sin intermediarios. En septiembre de 2022 la red dejó atrás la minería y adoptó la prueba de participación, un mecanismo en el que validan las transacciones quienes inmovilizan monedas como garantía. Más allá de los dos gigantes hay un universo de alternativas, desde proyectos con desarrollo técnico serio hasta las llamadas memecoins, cuyo valor depende casi por completo del entusiasmo en redes sociales.
Para quien quiere moverse en este mundo sin padecer los vaivenes de precio existen las stablecoins, tokens diseñados para valer siempre un dólar. Las dos más utilizadas son USDT, emitida por Tether, y USDC, de Circle. Su estabilidad depende de que el emisor mantenga reservas equivalentes en efectivo, letras del Tesoro estadounidense y activos similares, y de que permita canjear cada unidad por su dólar. En Estados Unidos, la Ley GENIUS firmada en julio de 2025 transformó ese respaldo uno a uno en una obligación legal para los emisores alcanzados. Hay un detalle técnico que suele pasar inadvertido y que resultó decisivo en el caso Binance: como detrás de cada una hay una empresa, sus contratos permiten bloquear direcciones. Bitcoin y ether carecen de ese interruptor.
El segundo escalón tiene que ver con dónde se guardan. Una billetera, o wallet, no contiene monedas sino las claves que permiten moverlas. Las billeteras calientes están conectadas a internet, como una aplicación en el celular o una extensión del navegador, y resultan cómodas para el uso diario. Las frías permanecen desconectadas, como los dispositivos físicos parecidos a un pendrive o una clave anotada en papel, y resignan agilidad a cambio de protección. Al crear una billetera propia se genera una frase semilla de 12 o 24 palabras que permite restaurarla en cualquier equipo, y quien consiga esa frase consigue los fondos. De ahí el lema que la comunidad repite desde hace años: si las claves no son tuyas, las monedas tampoco.
Un exchange centralizado como Binance, Bitget, Coinbase o Mercado Bitcoin cumple otro papel. Funciona como casa de cambio y bolsa a la vez: recibe dinero tradicional, empareja órdenes de compra y venta y custodia los activos de sus clientes. Pero cuando un usuario deposita allí sus bitcoins deja de controlar las claves, y lo que conserva es un saldo en la base de datos de la empresa, un derecho a reclamar esos activos. Las plataformas agrupan los fondos de millones de personas en billeteras colectivas y distribuyen el riesgo en capas: la mayor parte en almacenamiento frío, una porción intermedia en billeteras tibias y una fracción menor en billeteras calientes, que son las que permiten pagar retiros al instante. Todo exchange convive con el mismo dilema, porque cuanto más dinero mantiene en línea, más ágil es el servicio y más grande el blanco.
Con esa base se entienden mejor los riesgos, empezando por el más visible. Una criptomoneda puede recorrer en horas lo que una acción tradicional tarda meses. Mientras circulaba la noticia del ataque a Binance, el bitcoin perforó los 80.000 dólares y llegó a tocar los 76.300. Un año antes, el 10 de octubre de 2025, el mercado había atravesado la mayor ola de liquidaciones de su historia, con cerca de 19.000 millones de dólares en posiciones apalancadas cerradas a la fuerza en una sola jornada. El apalancamiento, que permite operar con dinero prestado, convierte una baja moderada en una pérdida total para quien no tiene margen para resistirla.
El segundo riesgo es de contraparte, y conviene distinguirlo del hackeo. Un robo es un ataque externo que se lleva activos; una insolvencia aparece cuando la propia empresa no tiene lo que asegura tener. La historia ofrece ejemplos de ambas cosas. Mt. Gox, que llegó a concentrar la mayor parte de las operaciones con bitcoin del planeta, quebró en 2014 tras perder cientos de miles de monedas de sus usuarios. FTX se desplomó en noviembre de 2022 cuando salió a la luz que dinero de sus clientes había terminado financiando las posiciones de Alameda Research, firma vinculada a su fundador, Sam Bankman-Fried. Ninguno de los tres casos de estas semanas encaja, hasta ahora, en el segundo patrón: en todos hubo un atacante externo y compañías que afirmaron contar con recursos para tapar el faltante.
El tercer riesgo es el que dominó el último mes. Los grandes robos ya no aprovechan errores de programación groseros sino a las personas y a los proveedores. La investigación preliminar de Binance apuntó a la laptop comprometida de uno de sus ingenieros, que habría abierto al intruso la puerta de los sistemas desde donde se autorizan retiros; TRM Labs describió un compromiso de la infraestructura de firma de las billeteras calientes y detectó que la billetera operadora del atacante recibió fondos a través de Tornado Cash desde la mañana del 28 de octubre, un día antes del golpe. En Bitget, la entrada combinó una vulnerabilidad en un producto de seguridad de terceros con credenciales internas robadas, lo que permitió alterar los datos de las transacciones para que los retiros fraudulentos superaran los controles de autorización. En Mercado Bitcoin, los atacantes habrían accedido a las claves privadas de las billeteras calientes y movieron los fondos con transferencias simples hacia direcciones recién creadas.
Corea del Norte se transformó en el actor más temido del sector. Sus unidades, conocidas con nombres como Lazarus o TraderTraitor, combinan falsas ofertas laborales, archivos infectados y meses de paciencia para colarse en la computadora de alguien con permisos sensibles. El mismo grupo fue señalado por el robo a Bybit en 2025. El investigador ZachXBT encontró además que fondos sustraídos a Bitget y a Binance terminaron mezclados en una misma dirección tras pasar por THORChain, un protocolo que permite intercambiar activos entre cadenas distintas. Antes del ataque a Bitget, de acuerdo con datos de TRM Labs citados por el Financial Times, en 2026 ya se habían robado 1.730 millones de dólares en 333 incidentes. Con solo sumarle los tres casos recientes, el año supera holgadamente los 8.000 millones.
Hay amenazas menos espectaculares y bastante más frecuentes. Las jornadas posteriores a un hackeo son las favoritas de los estafadores, que montan páginas falsas de reembolso y envían mensajes pidiendo contraseñas, códigos de doble factor o frases semilla, datos que ninguna plataforma seria solicita. También abundan proyectos que desaparecen con el dinero de sus inversores, contratos inteligentes con fallas explotables y el riesgo regulatorio, capaz de dejar a una plataforma fuera de un país de un día para el otro.
El cuarto nivel es el que más confusión genera, el de los respaldos y las garantías. Un depósito bancario en Estados Unidos está asegurado por la FDIC hasta 250.000 dólares, y la mayoría de los países cuenta con esquemas parecidos para su sistema bancario. Un saldo en criptomonedas dentro de un exchange no goza de ninguna protección estatal equivalente. Cuando una plataforma promete cubrir pérdidas, la garantía es su propio balance: caja, tesorería corporativa y fondos especiales creados para emergencias. La promesa vale exactamente lo que vale la solvencia de quien la formula.
El caso más conocido es el SAFU, sigla en inglés de Fondo de Activos Seguros para Usuarios, que Binance creó en 2018 reservando una parte de sus comisiones. Su política indica que si el valor del fondo baja de 800 millones de dólares por fluctuaciones del bitcoin, la empresa lo reconstituye hasta 1.000 millones, aunque no establece plazos para reponerlo después de usarlo en un incidente. Tras el ataque, Binance movió 7.499 bitcoins desde ese fondo, cerca de la mitad de los 15.000 que tenía y unos 583 millones de dólares al precio del momento. El resto del agujero se cubrió con el fondo de seguro de futuros y con la tesorería de la compañía. Bitget tiene un mecanismo similar, su fondo de protección, y después del robo de septiembre se comprometió a llevarlo de nuevo a una base de 300 millones.
La otra herramienta es la prueba de reservas, que se volvió estándar después de FTX. La plataforma publica las direcciones donde guarda sus activos junto con una estructura criptográfica, el árbol de Merkle, que permite a cada usuario comprobar que su saldo figura en el total de pasivos sin exponer los datos de nadie más. Tras el robo, Binance divulgó una instantánea que mostraba un respaldo de al menos uno a uno en diez de las principales criptomonedas. El mecanismo tiene límites que un inversor avanzado debe conocer: retrata un momento puntual y no un seguimiento continuo; demuestra que los activos existen, pero no siempre descarta deudas por fuera de ese perímetro; y en la mayoría de los casos no sustituye una auditoría integral de los estados contables.
La regulación avanza a velocidades muy distintas. En la Unión Europea, el reglamento MiCA rige para los proveedores de servicios de criptoactivos desde el 30 de diciembre de 2024 y exige, entre otras cosas, mantener separados los activos de los clientes de los de la empresa; Bitget solicitó en junio de 2026 una licencia ante la autoridad financiera de Austria para operar bajo ese régimen. En Brasil, el Banco Central publicó en noviembre de 2025 el marco para las prestadoras de servicios de activos virtuales, vigente desde febrero de 2026. En Estados Unidos, en cambio, el gran proyecto de estructura de mercado, la Ley CLARITY, quedó frenado el 15 de septiembre, cuando el Senado votó 49 a 50 una moción que necesitaba 60 apoyos, con las reglas éticas sobre los negocios cripto del presidente Donald Trump como principal obstáculo. La SEC y la CFTC siguen avanzando con las facultades que ya tienen.
Con ese mapa en mano se puede evaluar cómo reaccionaron las empresas. Binance congeló depósitos y retiros apenas detectó el ataque, según informó en X su cofundadora Yi He, y en las horas siguientes anunció que había apartado más de 6.340 millones de dólares de fondos propios para cubrir la totalidad del faltante. Su codirector ejecutivo, Richard Teng, fijó la postura con una frase: la compañía absorberá el impacto financiero, no sus usuarios. En paralelo, su mesa de operaciones extrabursátiles salió a recomprar los activos faltantes para reconstituir las reservas. El domingo 1 de noviembre, a las 6:00 UTC, habilitó los retiros de manera escalonada, empezando por 15 monedas entre las que estaban bitcoin, ether y solana.
La reapertura funcionó como prueba de fuego. Hasta media mañana de ese domingo la plataforma había procesado unos 4.560 millones de dólares en retiros y 1.010 millones en depósitos, y la salida neta de la jornada alcanzó los 3.640 millones. La empresa indicó que los pedidos crecieron al comienzo y después se estabilizaron, y que el respaldo de los activos afectados ya estaba restituido en torno al 95 %. La lectura de mercado fue doble: una fuga de ese tamaño revela desconfianza, pero que el exchange haya podido afrontarla sin cortar el servicio es precisamente lo que una plataforma insolvente no logra hacer.
Una pieza clave de la respuesta no salió de Binance sino de los emisores de stablecoins. Tether bloqueó más de 1.567 millones de USDT y Circle más de 800 millones de USDC vinculados al ataque, en parte dentro de la primera hora. World Liberty Financial, la empresa cripto asociada a la familia Trump, inmovilizó junto al custodio BitGo fondos en su moneda USD1, y el FBI difundió direcciones de Ethereum, Bitcoin y Solana relacionadas con el robo. Más de 1.000 millones, en su mayoría ether, quedaron fuera de ese alcance. La paradoja salta a la vista para cualquier defensor de la descentralización: lo que rescató una porción enorme del botín fue justamente que esas monedas tienen un emisor con poder para bloquearlas.
Bitget había transitado el mismo camino un mes antes. Sus sistemas registraron las transferencias a las 18:31 UTC del 24 de septiembre, el equipo de emergencia se activó en cuestión de minutos y la directora ejecutiva, Gracy Chen, garantizó que el fondo de protección cubriría la pérdida. La primera cifra oficial fue de 351,6 millones y luego se corrigió a 387,5 millones, el mayor robo a un exchange en lo que iba de 2026. Los retiros de bitcoin volvieron el 28 de septiembre a las 08:00 UTC y en la primera hora se tramitaron 9.585 pedidos por unos 4.098 BTC; ether, USDT, el resto de los tokens y los servicios en moneda fiduciaria se fueron reincorporando entre el 29 de septiembre y el 2 de octubre. La compañía ofreció además una recompensa del 5 % a quienes colaboraran en congelar fondos del atacante.
El episodio más cercano para América Latina es el de Mercado Bitcoin. De acuerdo con la firma de monitoreo Hypernative, los primeros movimientos anómalos aparecieron cerca de las 23:15 del domingo, hora de Brasilia, y se aceleraron entre las 3:19 y las 3:53 del lunes 2 de noviembre. El exchange suspendió depósitos y retiros, reconoció que uno de sus sistemas había sido atacado y sostuvo que sus clientes no sufrieron perjuicios ni hubo filtración de datos. Para que otros actores pudieran seguir el dinero, hizo públicas las direcciones receptoras en Tron, Stellar, Solana, Bitcoin y las redes compatibles con EVM, y el director ejecutivo de Tether, Paolo Ardoino, confirmó el congelamiento de 4,5 millones de USDT. Las direcciones del atacante reunían 3.680 ETH, 106 BTC y unos 8 millones en stablecoins distribuidos en 46 billeteras. Por ahora no hay pruebas públicas que conecten este caso con el de Binance.
Para el lector técnico, la lección central está en la capa de firma. Los exchanges grandes ya no dependen de una única clave: emplean esquemas multifirma, que exigen varias aprobaciones para mover fondos, o computación multipartita (MPC), que divide una clave en fragmentos que nunca se reúnen en un mismo lugar, y resguardan esos fragmentos en módulos de hardware dedicados. Los ataques recientes no rompieron la criptografía; apuntaron a lo que rodea a quien firma. En Bybit, en 2025, los firmantes aprobaron una operación cuya interfaz había sido adulterada; en Bitget, los datos de las transacciones fueron manipulados para lucir legítimos. Es el problema de la firma a ciegas, en el que una persona o un sistema autoriza algo que no puede verificar por completo. Las defensas que ganan terreno son la simulación independiente de cada transacción antes de aprobarla, los motores de políticas que limitan montos y destinos, las listas blancas y las demoras obligatorias para movimientos de gran tamaño.
La otra mitad del juego técnico empieza después del robo. Los atacantes intentan transformar cuanto antes los activos congelables en otros que no lo son, saltar entre cadenas mediante puentes y protocolos de intercambio, y fragmentar el botín en decenas de direcciones. Cada minuto pesa: la rapidez con que reaccionaron Tether y Circle explica buena parte de lo recuperado. Para el mercado, el indicador más relevante no es el monto sustraído sino el flujo neto posterior. Una fuga masiva que la plataforma paga sin demoras termina reforzando la confianza; una fuga que la obliga a limitar retiros es la señal clásica de una corrida.
Para el usuario común, las conclusiones prácticas son más sencillas e igual de valiosas. Conviene no dejar en un exchange más de lo necesario para operar y trasladar a una billetera propia lo que se piensa conservar a largo plazo, siempre que se sepa custodiar la frase semilla. Activar la doble autenticación con una llave física o una aplicación en lugar de SMS, configurar listas blancas de direcciones de retiro, comprobar que la plataforma tenga licencia en una jurisdicción exigente y publique pruebas de reservas con frecuencia, y desconfiar de cualquier mensaje de reintegro en los días que siguen a un incidente son hábitos que reducen buena parte del riesgo.
Para la industria del juego en línea el asunto tampoco es lejano. Numerosos operadores aceptan depósitos en criptomonedas o stablecoins, y buena parte de esos flujos pasa en algún momento por un exchange centralizado, sea para convertirlos a moneda local o para administrar la tesorería. Una suspensión de retiros como la de Binance o Mercado Bitcoin puede inmovilizar fondos durante días, y un bloqueo de direcciones puede alcanzar transacciones legítimas que rozaron dinero sospechoso. Diversificar contrapartes, controlar el origen de los fondos y conciliar saldos a diario dejan de ser buenas prácticas para volverse una necesidad operativa.
El balance de estas semanas deja una imagen ambivalente. Nunca se había robado tanto en un solo ataque, y nunca una plataforma había repuesto tan rápido un faltante de semejante escala. Lo que protegió a los clientes no fue la tecnología de la cadena de bloques sino algo bastante más tradicional: capital propio, reservas y cooperación entre empresas y autoridades. Comprender esa diferencia es, quizás, el paso que separa a quien compra criptomonedas de quien sabe qué está comprando.
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